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SEMANA SANTA


Una burra y su cría, unas cuantas ramas que hacían de palmos; algarabía, devoción y entusiasmo brotaba de los corazones de la gente de nuestra parroquia de Santa María, que se había agolpado en un parque donde íbamos a iniciar la celebración del domingo de Ramos. Así, en este aire festivo, con cantos de alabanza, llenos de alegría y júbilo empezamos la Semana Santa, caminando con nuestro Señor Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén.  Nosotros, la comunidad de formación, apenas habíamos terminado nuestro retiro de comienzo de ano. Estábamos con las "las pilas nuevas", ansiosos de compartir con los feligreses de las zonas, que previamente nos designaron para trabajar, nuestra experiencia de fe e invitarles a acompañar a Jesús en la travesía final que resume todo su ministerio: su pasión muerte y resurrección por nosotros.

Con liturgias especiales, llenas de simbolismo, con espacios apropiados que invitaban al sacramento de la reconciliación, nos adentramos en la reflexión personal y comunitaria de este maravilloso misterio de salvación. El jueves santo nuestros formadores lavaron" los pies a todos los pre-novicios, ayudados por los hermanos profesos, en un gesto de servicio y amor fraterno. Gesto que va más allá del simple lavado corporal, que implica purificación espiritual y preparación para, desde hoy y para siempre, nosotros hacer lo propio con nuestro prójimo.

En las parroquias, con liturgias creativas, y apropiadas se hizo lo mismo, haciendo sentir a la gente parte activa de la celebración. El viernes santo, los grupos litúrgicos partimos cada cual a su zona de trabajo, el momento había llegado. El vía crucis pasó del sentir a la vida, en tanto "recordábamos", con las lecturas bíblicas, el dolor que nuestro salvador sintió por causa nuestra. La veneración de la cruz atrajo mucha gente a la reconciliación con Dios y el prójimo llevándoles a la comunión cristiana.

Ya, pues, estábamos en el trecho final y más grande en significado de estas celebraciones cristianas y, aunque cansados por el ajetreo, la respuesta de la gente nos estimulaba y reconfortaba: llegamos al sábado de gloria. Ahora, en afán de hacer vivo el plan de salvación de nuestro Padre Dios, desde la fogata pascual, en el Hágase la luz del génesis –que fue en un parque- fuimos caminando y recreando, con las lecturas bíblicas escenificadas del sacrificio de Abraham y el paso de mar rojo, todo el trayecto que traza la liturgia de la palabra de ese gran día hasta llegar a nuestra capilla. Lo que siguió fue mejor todavía: en el momento cuando en el evangelio se habla de la resurrección, poco a poco se descolgó la pintura de un Cristo vivo y la gente retumbó el templo con glorias y alabanzas a Dios. Más adelante hubo bautismos y bendición de agua.

Culminamos participando todos del banquete que el Señor resucitado nos ofrecía aquella gloriosa noche y estimulados a salir de ahí a anunciar con palabras y vida el milagro de amor del cual habíamos sido testigos.


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